Las reacciones al asesinato del presidente de la Conferencia Episcopal católica de Turquía, Mons. Luigi Padovese, cuyas circunstancias todavía no han sido aclaradas, apoyan la tesis de que no se debe culpar al Estado turco o a los turcos, ni se debe detener el diálogo entre Estado e Iglesia, del que precisamente Padovese era uno de los principales impulsores.
Sin embargo, este asesinato socava una vez más la imagen del país como un Estado moderno, democrático y cada vez más respetuoso con las libertades.
Sin poner en duda que se debe seguir trabajando en el diálogo, sería una irresponsabilidad cerrar los ojos ante una realidad que el mismo Padovese ya describía como compleja en una entrevista realizada por el periodista Jonh L. Allen para el National Catholic Reporter, tras el asesinato del sacerdote católico Andrea Santoro, apuñalado por un menor de edad en 2006. Allen la recuerda ahora en un artículo en el que busca explicaciones al crimen.
“Es un error –afirmaba Padovese hace cuatro años– restar importancia a este asesinato argumentando que es un hecho aislado. El auge del fundamentalismo islámico y de los prejuicios contra el cristianismo conforman el contexto en el que ha actuado el asesino”. Y añadía: “Hay una fuerte corriente de extremismo religioso, y ese ambiente puede incitar un odio así. Se ha transmitido a las familias, las escuelas, la prensa”.
Padovese, por aquel entonces vicario apostólico de Anatolia, recordaba que todas las semanas la Conferencia Episcopal turca preparaba un boletín en el que se incluían los comentarios despectivos sobre los cristianos que aparecían en la prensa turca. Además, a la vez que expresaba su simpatía por los turcos, reconocía que en el país hay zonas completamente islamizadas en las que es peligroso ser cristiano.
















