Todo estaba preparado. Veronika Eberle salió con un majestuoso vestido, cuyo porte era peliagudo de igualar. Era su noche y no defraudó. Todo lo contrario. Tenía un reto mayúsculo: interpretar con la ecléctica Orquestra Simfònica del Vallès el Concierto para violín y orquesta de Sibelius, que no había tocado desde hacía cinco años. Pero desde el primer momento la violinista alemana y su Stradivarius Dragonetti llenaron el Palau de la Música de Barcelona con una musicalidad, un raudal de contrastes y una fuerza sonora que le alejan definitivamente de la promesa que fue para convertirse en una estrella ya consagrada.Bien es cierto que Eberle, desde el inicio no fue propensa a matizar ni a expresar sus emociones de manera abierta y con fuerza, difícil tratándose de una obra de notables contrastes, pero demostró con creces que sabía exactamente lo que quería. Y lo consiguió a base de una técnica deslumbrante y de un fraseo particular pero coherente a lo largo de toda la obra.
Resultaba muy complicado entrar en el concierto, pero desde el primer momento Eberle impuso majestuosamente su destreza y dio una auténtica lección de señorío. Enérgica hasta límites sorprendentes en el primer movimiento, calmosa y refinada en el Adagio di molto y absolutamente magistral y vertiginosa en el Allegro, ma non tanto. Una actuación sublime que se completó con una interpretación en solitario de una pieza de Bach, en un bis muy aclamado.
No menos brillante estuvo la orquesta, dirigida por un magistral Rubén Gimeno, que supo tutelar con contundencia un concierto bastante elástico que permitía aproximarse al público de una forma absolutamente pancista. Gimeno supo arrancar esa oscuridad apropiada y esos matices tan poderosos. Pero, además, fruto de su talento, cabe destacar el trabajo que hizo en las trompas, que lograron esa típica atmósfera brumosa y sórdida de Sibelius.
En la segunda parte, desigual pero interesante, la Orquesta interpretó los cuatro movimientos de la suite nº1 de Grieg y otras piezas de la obra de Peer Grynt. Sin duda, constituyeron todo un despliegue de exquisitez orquestal y consecución de espacios contrastados, con la ayuda del coro Madrigal, muy correcto e ingenioso. Pero, sin duda, lo mejor vino con el clímax final de toda la orquesta de En la Gruta del Rey de la Montaña. Todo un espectáculo con la pasmosa conjunción de oboes, clarinetes, trompas y fagotes en perfecta sincronización. Gran colofón para una orquesta que puso de manifiesto que las piezas escogidas demuestran la evolución constante de su musicalidad y su talento.
















