08-Septiembre-2010
Inicio Siempre quedará Regina Otaola

Siempre quedará Regina Otaola

Mientras garabateo las primeras letras de este artículo, recuerdo un viaje que realicé a Lizarza en el verano del año 2008. A través de la ventana observo que hoy, como hace dos años, es verano en los paseos que rodean mi casa; un verano que se ha colado disfrazado de invierno, bajo la gabardina de los aguaceros y de las ventiscas, como quien se adentra en un pueblo guipuzcoano recién llegado de Madrid. Quiero imaginar que también es verano allá donde un día estuve, sobre el asfalto por el que arrastran sus pies los cómplices de los asesinos y los asesinos mismos, frente a las puertas de los caseríos con aromas embaucadores, junto a las orillas del río estrecho que desgarra Lizarza en dos retazos, bajo los puentes que sortean el agua como ancianos fisgones y en los bocetos pintados a carboncillo de lo que un día pudo ser dibujo de libertad y se convirtió en mancha de sangre.


Si el País Vasco es tierra de valientes y cobardes, donde el gris parece no tener hueco en la escala de colores, en Lizarza esta sensación se multiplica de pronto en el instante mismo en el que las pupilas se tiñen de verde bajo el espesor de los árboles, al contemplar en lontananza un rincón alejado del mundo, y adentrarte en él durante unas horas que avanzan eternas a través de un camino serpenteante que se manifiesta febril de insensatez y soledad. Allí está Lizarza, donde pocos se atrevieron a ir antes que ella, donde algunos fueron para hacerse la fotografía con ella tras su llegada, donde algunos no volvieron con el paso de los meses y donde algunos no volverán tras su despedida. Porque ella ha decidido marcharse; o más bien, porque a ella la han obligado a marcharse.

Ella, Regina Otaola, anunció hace unos días que abandonará la política y el País Vasco cuando termine su mandato como Alcaldesa de Lizarza. Cuando llegue el momento de su despedida, serán diversas las reacciones: los asesinos, que no han ocultado nunca sus deseos de engrosar la lista de víctimas con su nombre, lo celebrarán con el suspiro hondo de quien sabe que se marcha un enemigo difícil de derribar, y aún con su exilio, ya nunca olvidarán quién fue la que les plantó cara con la bandera de España en la mano y la libertad como estandarte; sus amigos, los que han luchado junto a ella tratando de seguir sus pasos firmes en el camino empedrado, sufrirán amargamente las embestidas de la desilusión, esas oleadas que llegan de vez en vez y que te hacen preguntarte si merece la pena continuar arriesgando la vida por la libertad, cuestionando hasta al mismísimo Miguel de Cervantes en aquella frase que escribió: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos. Con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida».

Pero ¿cuál será la reacción de quienes le han soltado la mano y la han abandonado en la cuneta del camino serpenteante, aquel al que todavía recuerdo bostezar a mi paso? Y es que Regina Otaola ha sido traicionada. Y junto a ella, miles de esfuerzos que quedarán para siempre grabados en aquel rincón del mundo, al que un día llegó una mujer de aspecto cándido pero con un alma de hierro, decidida a no ceder el terreno de la libertad, nuestro terreno, a los terroristas. Esa mujer que izó la bandera de España donde nunca antes había ondeado, que retiró los monumentos y honores a terroristas para cambiarlos por emblemas de nuestra nación y que miró cara a cara, a escasos centímetros, a los asesinos de sus compañeros para decirles que, o la mataban, o ella no se marcharía de allí por voluntad propia. ¿Cómo han tratado siquiera de arrojarla al río, a ese que desgarra Lizarza en dos retazos, para tratar de ahogarla en silencio?

Recuerdo ahora que en Lizarza, además de miedo y pesadumbre, había columpios. Eran unos columpios modestos que hervían bajo el sol del verano, como los de un pueblo arrasado donde sólo hubiese quedado en pie la inocencia perdida de los más pequeños. Allí me crucé con una madre que paseaba con su hija, mirando al cielo, tal vez suplicando clemencia a un sol despiadado; ambas iban de la mano, aunque la madre aguantaba heroica los tirones de la pequeña para ir a jugar en los columpios. Y entonces fue cuando me percaté de que detrás de aquella imagen (una imagen casi idílica, en la que la niña reía a carcajadas mientras se resbalaba por el tobogán) había una inscripción, apenas tapada por una capa de pintura blanca, en la que se leía “Gora ETA”. Yo por entonces no podía saber que Regina Otaola terminaría marchándose unos años después, pero ya en aquel verano de 2008 la admiraba con cariño.

Ha sido hoy, al ver de nuevo la fotografía que tomé aquella tarde, cuando he confirmado que Regina Otaola será eterna. En la sonrisa de aquella niña se escondía también el denuedo de Regina Otaola para hacer de Lizarza un espacio de libertad y no un refugio de asesinos. Cuando ella crezca, quizás pueda recordar que un día en su pueblo natal ondeó la bandera de España y quizás pueda enseñarle a su familia fotografías parecidas a la de arriba, en la que una mano de pintura blanca trata de borrar las señales de la muerte. Y hará memoria, buceará en sus recuerdos, buscará el nombre de aquella mujer que entregó sus ilusiones más profundas y su vocación más encarnizada por sonrisas como la suya, y susurrará… Regina Otaola… Porque aunque ella se marche, siempre quedará su valentía sobre aquel asfalto, frente a las puertas de los caseríos con aromas embaucadores y junto a las orillas del río estrecho.

A través de la ventana observo que hoy, como hace dos años, es verano. Gracias, Regina.

Ignacio de Saavedra
www.penultimasresistencias.com

 

1 Comentario(s) - Añadir un comentario

Javier Zamora

Sin duda, una extraordinaria política y persona. Un abrazo Nacho

< Volver

Añadir un comentario...



rss feed
Banner