José Miguel García Rodríguez es Licenciado en Periodismo y Humanidades y Doctorando por la Universidad CEU-San Pablo. Máster en “Democracia y Gobierno” por la Universidad Autónoma de Madrid, posee además el título propio en “Principios del Pensamiento Tradicional Conservador” cursado en el think-tank español “Fundación Burke”. José Miguel ha compaginado sus estudios con el movimiento asociativo y el tejido público desde diversas entidades así como en la participación en diferentes medios nacionales de comunicación. |
Comienza ya septiembre, el verdadero enero para los estudiantes. Ciertamente que cuando llegan las Navidades los programas de televisión y de radio acuden, a falta de información interesante, a recurrentes tópicos para rellenar sus espacios tales como los nuevos propósitos que nos hacemos para el siguiente año. Sin embargo, los jóvenes, y creo no equivocarme si digo la mayoría de los trabajadores, cuando nos fijamos metas es después de las vacaciones estivales. Ir al gimnasio, dejar de fumar, no dejar que el jefe o el profesor nos pisotee la moral…son objetivos que no pueden ser proyectados en enero, porque aunque comience el año, la temporada ya está a medias.
Digresiones aparte, comienza este mes una nueva etapa para todos, pero sobre todo para los estudiantes, el grupo social más ingenuo. Son ellos aún los que creen que las cosas cambian, esto es, que podemos aún transformarnos, y sin querer dinamitar tan loables deseos, bien me dice la experiencia que eso es más bien complicado, aunque ciertamente en raras excepciones se consigue. Sin embargo, la excepción no anula la regla, sino tan sólo nos ofrece un destello de esperanza al que agarrarnos.
El patrón que hoy me ha dado por comentar, y no la alteración, es el panorama educativo superior: infame, como siempre. Hoy más que nunca la universidad está de moda, y quizás no haya nada más nefasto que esto. Hordas de jóvenes dispuestos a beber y fumar más que a estudiar se preparan para invadir la universidad española, tanto la pública como la privada. Pero bueno, dejando aparte mi anterior aventurado juicio, habrá quien realmente entre en la Complutense o en la Autónoma con verdaderas ganas de aprender en vez de jugar al mus, lo cual supone una excepción también si se tiene en cuenta que sólo el 25% de los estudiantes acaban cuando deben sus carreras y sabiendo que la media de tiempo en finalizar los estudios universitarios es de 7 años en el 50%. Lo que sí es realmente un argumento para medir la degradación de nuestro sistema educativo es la masificación de la universidad, algo que ha facilitado, por otra parte, la nueva Selectividad, que podría ser pasada por todos los adolescentes europeos de 14 años, salvo los portugueses, que para eso son también ibéricos.
Ya nadie osa a pensar que su futuro esté fuera de la universidad, tanto estudiantes como padres. Los primeros, porque saben que la juerga más sofisticada se encuentra en aquella. Los segundos, porque siguen creyendo que el valor de ésta es el mismo que cuando ellos estudiaban, cuando ahora el título universitario vale menos que un billete del Monopoly. Son cada vez más los casos de personas que se encuentran trabajando gracias a una formación profesional o una escuela especializada. Y es que, aunque los padres y los estudiantes se engañen, no ocurre lo mismo con las empresas, que saben donde se encuentra activo humano preparado.
Bolonia no es más que un intento de hacer que la universidad responda a las necesidades de los negocios, lo cual no es malo porque una de las causas del paro español es que el trabajador no responde a los perfiles que piden las empresas. Sin embargo, es ingenuo pensar que algo tan mastodóntico como es la universidad española, dispersa de forma idiota por todas las provincias de nuestra geografía para mayor gasto del contribuyente, pueda responder a las exigencias del comercio.
La desgracia de la universidad es que ha dejado de ser un lugar para selectos, realmente interesados en el saber, y es imposible que pueda ser un lugar que prepare a nuestros jóvenes para que se inserten en el mercado laboral por su gigantismo. Ésta, con 150 alumnos por clase, imposibilita la transmisión de conocimientos, técnicas…pues no puede existir un seguimiento exhaustivo al alumno y una enseñanza personalizada.
Siento este tardío cabreo contra Bolonia, que se explica también porque no quise expresar una opinión que apoyara en su momento luchas marxistas, pero es que el saber, gracias a la publicidad invasiva que de ordinario penetra en mi e-mail, que existe la carrera de Moda en la universidad española ha tumbado mi poca esperanza de que Bolonia fuese realmente un instrumento que preparara a los futuros trabajadores a responder a los requerimientos de los negocios, esto es, a que los estudiantes tengan asegurados un futuro. Es cierto que la carrera de Moda todavía no se ha insertado en la universidad pública, sino tan sólo en la privada (Universidad Europea de Madrid y Universidad Camilo José Cela), pero es el paso previo de que el contribuyente tenga que ver absorbido su sueldo en algo tan absurdo como inútil.
Para aquellos que quieran escucharme, les daré un consejo en forma de biografía personal. A los 16 años, con otros tres aventurados compañeros de clase más, decidí estudiar Latín, Griego e Historia del Arte para asombro de mis padres y sensación de desperdicio intelectual y profesional para mis compañeros. Las Matemáticas, la Economía, la Química o la Biología, siendo ciencias excelentes, las dejé en manos de otros en Bachillerato. A los 18 años, decidí estudiar Humanidades, a pesar de que muchos no supieran que fuera una carrera. Y ahora, a los 24 años, con empleo y ganas de dedicarme a éste toda mi vida sin que mi felicidad y bienestar sufra un ápice, puedo decir que no me he equivocado.
Moraleja: vayan a la universidad los que quieran aprender, porque desde luego es el mejor de los lugares. Ahora bien, si quieren un empleo o que vuestra creatividad y talento no disminuya lo más mínimo, eviten ésta. La universidad mata al genio y no prepara al trabajador, tan sólo, y no es poco, transmite unos conocimientos en algunas áreas de gran envergadura que forman a la persona, pero no la dan de comer ni explotan su talento, pues ésta, tiene su método, y éste a veces encorseta a verdaderos genios. Apuesten por el oficio de antaño si lo que quieren es apostar por sus dones o, simplemente, tener algo que llevarse al vientre. Éste, hoy se esconde en la formación profesional o la escuela especializada. La universidad está de moda, pero ya saben, ésta es pasajera, y parece que está llegando el eclipse de ésta. Huyan hacia otros lugares como Kroom Dos, por hacer un pequeño homenaje a una escuela de moda que deja mi barrio madrileño de Salamanca para mudarse a otro. Requiem por ti, y por mis difuntos abuelos, y por mis crecidos padres, que en la década de los 70 vieron resucitar un país a través del crecimiento de una gran pequeña escuela y unos políticos responsables que fueron absorbidos de la universidad para conducir a este país. Requiem, mejor dicho, por mi país, y larga vida a Kroom Dos.