“Hoy presenciamos el lento suicidio de un pueblo que engañado mil veces por garrulos sofistas, empobrecido, mermado y desolado, emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan, y corriendo tras vanas ilusiones de una falsa y postiza cultura, en vez de cultivar su propio espíritu, hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la historia nos hizo grandes, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, de la única cuyos recuerdos tienen virtud bastante para retardar nuestra agonía”.
Esto escribía Menéndez Pelayo hace un siglo, y la situación no ha cambiado mucho, lo cual nos debe hacer optimistas puesto que, como se ve, nunca es estéril la defensa de una causa justa y un bien moral, y España lo es. Y es que, como decía también el intelectual cántabro, “los errores antiguos pasaron, y así acontecerá con los que hoy deslumbran, y volveremos a tener un solo corazón y una alma sola, y la unidad, que hoy no está muerta, sino oprimida, tornará a imponerse, traída por la unánime voluntad de un gran pueblo”.
Así nuestra situación y esperanza, no hay momento más urgente para recordarnos qué es y por qué es la nación y el pueblo español, tarea que brota de un deber moral ya que la patria se origina y mantiene en el espíritu, es decir, en el bien, a diferencia del mal, que deshace, disgrega, y destruye. Es decir, cualquier acto de justicia fortalece España, cualquier injusticia la debilita, y como ejemplo baste rememorar con tristeza la pérdida de las colonias americanas gobernadas por progresistas ilustrados. Con razón decía Maeztu que “a la patria injusta se le acaba perdiendo el respeto y el cariño” y que “en el patriotismo espiritual se incluye también el territorial”.
España es, y en su mismo vocablo lleva la ontología, el “ser”, y lo fue desde que Roma pretendió instalarse en la Península durante dos siglos de inmenso esfuerzo hasta que la Iberia lo permitió, decidiendo abrirse al mundo llenando Roma de emperadores, poetas y filósofos que marcaron el rumbo de la gran potencia de aquella época. En estos siglos España alquiló su tierra a Roma para comprar su alma eternamente. Más tarde, el costado sur de España recibió la envestida musulmana, y esta vez que ya tenía en propiedad su alma, decidió adquirir para siempre su territorio, lo cual le costó ocho siglos de sangre derramada. Desde este mismo instante histórico, España acentuó más amorosamente su sentido católico de la vida, con lo que cielo y tierra se estrecharon íntimamente en el horizonte hispano para tranquilidad de Europa y esperanza de América.
España, integrada ya en Europa y convertida en su más fiel guardián, no se conformó con el Viejo Continente, pues sus latidos de expansión le exigieron perseguir obstinadamente ese horizonte que hacía de la tierra un camino a la eternidad. Por ello, yendo tras de él, se encontró con América y sus habitantes, los cuales fueron reconocidos como personas de igual dignidad que los mismos colonizadores, a pesar de los fallos que tan gran empresa necesariamente habría de acarrear. Y es que la unión de territorios americanos, europeos, oceánicos y africanos no era empresa histórica sencilla, sino el comienzo de lo que hoy llamamos globalización.
Lástima que no quede más tiempo para hablar de otros acontecimientos capitales que han definido la nación española, como la Guerra Civil. Sin embargo, como explicaba Morente, el español sabe olvidar, salvo cuando su entendimiento es penetrado por ideologías de cualquier pelaje.
España no es un contrato, y por tanto, no es negociable ni rescindible, sino que es un estilo espontáneo, una historia de convivencia, una unidad de destino que ha dado lugar a una comunión de generaciones pasadas, presentes y venideras, y que cuando nos olvidamos de una de ellas, la democracia se torna imposible porque en ésta deben participar todos: muertos, presentes y futuros. Hoy más que nunca, pues, debemos estar orgullos de nuestro pasados, inquietos por nuestro presente y esperanzados ante el futuro, porque nuestra España, lejos de ser una carga inmóvil, es un espíritu que penetra en el alma espontáneamente para afrontar cualquier circunstancia temporal. ZP, nuestro peso histórico jamás hará que España se hunda contigo, como quieres, pues como los verdaderos discípulos de Satanás tu alegría consiste en la desgracia ajena, o por lo menos eso parece.
José Miguel García
josemi, asi se habla, da gusto leer tus post. si mas personas pensasen como tu se cambiarian muchas cosas