Hay mucho embrollo con los últimos escándalos de pederastia en la Iglesia ya que se mezclan críticas justas, insultos desmesurados, fobias socialistas, victimismos injustificados y falacias de todo calibre. Empezando por esto último, las palabras del otro día de José Bono explicando que el celibato era igual a pederastia son sólo propias de un personaje tan patético y populista como éste. Si la pederastia es igual a celibato y viceversa, ¿por qué no se dan casos de monjas o religiosas que hayan cometido abusos sexuales? Es más, ¿por qué a mí nunca me ha tocado a un cura ni a la mayoría de los fieles creyentes? Aseguro que jamás mi fe podría tapar un escándalo así y creo que no es desmesurado afirmar que tampoco la boca de otros fieles, o por lo menos, de la gran mayoría.
Pero el asunto principal no es ese, sino las cifras que hablan por sí solas sobre la pederastia en general, no la eclesiástica, y dice que en España una de cada cuatro niñas menores de 18 años ha sufrido algún abuso sexual, cifra que en los niños baja a uno de cada seis en nuestro país. ¿Asustados no? Pues bien, en EE.UU se calcula que 39 millones de personas, de 300 millones, han sufrido alguna vez un abuso sexual en su minoría de edad. Esto desmiente que celibato sea igual a pederastia, como también lo desmiente el hecho que en otras iglesias donde el celibato no es ejercido por parte de sus clérigos los escándalos son, sin duda alguna, infinitamente mucho más numerosos.
Siendo este tipo de argumentos falaces, por tanto, también hay que reprender a algunos católicos y figuras eclesiásticas que vayan vomitando un victimismo desmesurado para lo que Jesús ya tildó de escándalo. En fin, lo que toca es aguantar el temporal que ya se pasará, pero pretender defender lo indefendible además de abominable, es incomprensible y absurdo, como también lo es el intento de ocultar una pésima gestión con este tipo de problemas, antes los cuales se debería tener la valentía, audacia y mano dura que está mostrando este gran reformador que es Benedicto XVI.
No obstante, y a pesar de que cierta fobia socialista humea sobre todo este tipo de informaciones que, al final, no hacen más que airear el pecado pero no hablar con rigor de los sucesos ocurridos, algo necesario para valorar los hechos de forma mesurada, tampoco sé de que se extraña la jerarquía eclesiástica cuando la sociedad y los medios de comunicación muestran tanta incomprensión ante las debilidades humanas de sus pastores. ¿No demuestran ellos tener la misma ausencia de comprensión con asuntos tan complejos, profundos y delicados como las relaciones de los homosexuales y divorciados? Poco a poco el tema de los divorciados va obteniendo ciertas notas de atención sobre las pastorales, pero las afirmaciones de misericordia, cobijo, comprensión, apertura y amor hacia los homosexuales es tan patentemente inexistente que resulta extraño escuchar hablar a la Iglesia de misericordia con los pederastas cuando no la tienen con los homosexuales, cuando, además, evidentemente son dos asuntos que no tienen ni por asomo la misma gravedad moral (hablo del homosexual activo, no del que no ejerce relaciones sexuales, por supuesto).
Desde luego que es claro que si uno coge el catecismo o se va a un sacerdote con dos dedos de frente estas muestras de amor y misericordia que reclamo para todos uno las acaba encontrando, sin embargo, la torpeza y la dureza de corazón de algunos mancilla, más que los pecados de pederastia, la figura de Jesucristo, hasta transfigurarla en un ser profundamente antipático cuando lo único que vino a salvar es a los pecadores. Dicho lo dicho no me queda más que pedir que la Iglesia sea intransigente con el pecado y misericorde con los pecadores, porque la Iglesia es Madre de todos, pedirla que llame al pan “pan, y al vino “vino”, y pedirla que me proteja en mi camino hacia la salvación.
Cristo resucitado bendiga a su Iglesia con más amor, más santidad y más sentido común.
José Miguel García
a esto es lo que yo llamo depilar lenguas sin duda sin ningun complejo