08-Septiembre-2010
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NUESTRA NACION

Enric Sopena y el teatro de las contradicciones

El pasado sábado, el periodista Enric Sopena calificó de «terrorista de Estado» a José María Aznar en el programa La Noria de Telecinco. Para quienes conozcan a este catedrático de la difamación, tal dicterio podrá no resultarles novedoso ni siquiera sorprendente, como quien se ha acostumbrado a escuchar los ladridos nocturnos de los perros del vecindario. Sin embargo, aquel instante me ha hecho recapacitar sobre la urgente necesidad de inquietarnos al menos ante el estado de las cosas o las cosas del Estado, para percatarnos de la contradicción sistemática por la que transita España.

Siempre quedará Regina Otaola

Mientras garabateo las primeras letras de este artículo, recuerdo un viaje que realicé a Lizarza en el verano del año 2008. A través de la ventana observo que hoy, como hace dos años, es verano en los paseos que rodean mi casa; un verano que se ha colado disfrazado de invierno, bajo la gabardina de los aguaceros y de las ventiscas, como quien se adentra en un pueblo guipuzcoano recién llegado de Madrid. Quiero imaginar que también es verano allá donde un día estuve, sobre el asfalto por el que arrastran sus pies los cómplices de los asesinos y los asesinos mismos, frente a las puertas de los caseríos con aromas embaucadores, junto a las orillas del río estrecho que desgarra Lizarza en dos retazos, bajo los puentes que sortean el agua como ancianos fisgones y en los bocetos pintados a carboncillo de lo que un día pudo ser dibujo de libertad y se convirtió en mancha de sangre.

Sé libre

Amaneció nublado en San Sebastián el día 1 de marzo de 2009. Aquel domingo, en el que el cielo estaba oxidado y las aceras parecían bostezar bajo las primeras gotas de lluvia, no estaban programados los despertadores de los escolares ni de los universitarios, pero, aunque todavía yo no podía saberlo, A. tomaba ya el camino del colegio electoral cercano a su casa. Mientras tanto, entre el devenir de taxis ocupados y sonámbulos despreocupados, como en medio de una película sin guión, miraba el reloj, sentado en el asiento trasero del coche, y jugaba con las manecillas a retrasar y adelantar la hora, preguntándome si deseaba detener el tiempo en ese instante o que llegara la noche de golpe, con alevosía, como llegan también las primeras luces del alba tras las cortinas.

Pienso en España

Pienso en España mientras camino de noche. Entre calles estrechas y rincones vaporosos, recuerdo que para Mariano José de Larra escribir en Madrid era «tomar una apuntación, escribir un libro de memorias, realizar un monólogo desesperante y triste para uno solo. Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta». Ciertas cosas no han cambiado desde entonces. Sensaciones como aquéllas, anotadas eternamente por la tinta de un patriota, pueden seguir siendo una constante bajo el cielo de la capital en los primeros días de la primavera.

Jóvenes españoles I

Siempre que me adentro en un artículo sobre nosotros los jóvenes, recuerdo una conversación que mantuve con un distinguido historiador español en un restaurante del centro de Madrid. Charlábamos sobre la decadencia de la vida política y de la cultura española, cuando destaqué el importante papel que jugábamos los jóvenes en la senda más inmediata de nuestra nación; él, mirándome con rectitud a los ojos, me descubrió que no creía en la juventud y que lo consideraba uno de los inventos más inútiles del último siglo.

Jóvenes españoles II

Han pasado varios meses desde que comencé a denunciar públicamente las conductas radicales de un amplio grupo de estudiantes de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid y el silencio cómplice del Decano y de los Vicedecanos de la misma. Fue allá por diciembre del año pasado cuando, cansado de las acciones violentas de unos y de las inacciones vergonzantes de otros, decidí dar un paso que se ha ido ampliando en el tiempo: tomar fotografías y difundirlas más allá de los muros de la universidad.


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